CALLEJÓN ©

Callejón de Santiago decía oficialmente. Se paró una anciana cubana. Me abordó. Me relató el origen de aquel callejón o pasaje. En pleno Toscal. En mi deambular callejero por el barrio que vió mis primeros escarceos solitarios. Viví toda una vida a menos de cien metros de aquel lugar.
Me relató la tradición oral que muchos de los moradores no conocíamos.
Su nombre original y popular fue Pasaje de La Guaira. Reminiscencias de una emigración a Venezuela constante durante generaciones. Anteriormente había sido Cuba. Como antes lo fue a Uruguay. De trajeron los isleños el color. Las bandas horizontales que sujetaban las ventanas. Más anchas según su poder económico. El blanco primitivo se desbordó. Como en la Iglesia de La Concepción. La Guaira fue el puerto de bienvenida y retorno de multitudes de canarios que buscaban mejor suerte. Y al retornar y ver el puerto de Santa Cruz encontraron los colores, en forma de pinturas de barco que arribaban al muelle. Así, recordaron la viveza de los colores americanos se fue conformando un sentido plástico que aún perdura.

Callejón de La Guaira o de Santiago, El Toscal, Santa Cruz de Tenerife.

Callejón de La Guaira o de Santiago, El Toscal, Santa Cruz de Tenerife.

Guaira en quechua significa horno de barro. Y aquí los marineros y pequeños comerciantes toscaleros encontraron el horno con el que amasar su sustento. Hoy, manos artesanas y ancestrales dibujan y añaden color junto a los grafiteros la vida que quiere resurgir. Me siento en casa.
Todo esto me lo enseño en tres minutos una cubana desconocida que aún deambula por la calles contando historias de culturas unidas por el hambre. Es la mejor forma de unir a los hombres.

José Félix Sáenz-Marrero Fernández.

fotografías de un Jueves Santo, a diez y siete de Abril de dos mil catorce.

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LA BIBLIOTECA…©

Cada cierto tiempo construyo y destruyo mi biblioteca. Es como un lego que trato de componer y descomponer continuamente. Hago castillos en el aire y los derribo cuando creía haberlos terminado. Tener libros escondidos en los lugares más insospechados de todo el hogar es tan gratificante como saltar de callao en callao, mirar debajo de los charcos que se forman, y descubrir la diminuta vida que brota bajo su peso. Así son los mundos que están regados debajo de cojines, encima de la mesilla de noche y hasta en los huecos entre el azulejo y la alacena de mi cuarto de baño.
Cada poco tiempo las pilas de semanarios, revistas, suplementos y hasta diarios atrasados forman un pedestal que corona el volumen de hojas, completamente subrayadas bajo las líneas, con esa tinta negra de bolígrafo de bola, que tantas veces dibujo al reflexionar por escrito.
Es caótica. Sí. Nunca me gustó el orden alfabético, temático o incluso la clasificación cromática de las cubiertas. Los ejemplares están anotados, con las puntas de las laminas dobladas huérfanas de marcalibros y las huellas de mis dedos impresas en sus lomos, como cabalgaduras desplomadas por los huracanes, que se desatan de vez en cuando en mis sueños.
Sobre un estante reposan sin orden ni concierto todos los intereses creados a través de los años y que suenan a partitura entrecortada por silencios elocuentes. Varían la brújula del dedo corazón apuntando al cielo, o al infierno, tan curiosamente hambriento de cultura como los ojos que recorren ardientes la piel de los seres que me rodean. Y cuando regalo un libro lo desprendo del tronco, porque sé que el árbol enclaustrado me lo devolverá la próxima primavera envuelto en una cinta color del arco iris, dentro de su bolsita de regalo, con el mismo mimo y desprendimiento con que yo lo hago.
La inestabilidad y movilidad de una colección particular de publicaciones heterogéneamente seleccionadas indica la volatilidad indecisa de una curiosidad siempre insatisfecha.
La vivienda de mi amigo Domingo Martinez de la Peña es como una hemeroteca, una biblioteca y una pinacoteca autofabricadas y entrelazadas por una personalidad atraída constantemente hacia la cultura.
Cobijados bajo una erudición exquisitamente expuesta, derivamos la conversación a leyendas indígenas mezcladas con hechos ciertos.

“LAS ANDAS DE LA VIRGEN”

Cuenta la leyenda, y lo afirman los historiadores, que desde que se descubrió la imagen de la Virgen de Candelaria, que no es la actual, arrojada por el mar, quizás en algún naufragio, y depositada, a lomos de oleajes, en alguna cueva de Güimar, los guanches la adoraron y la ocultaron para su devoción. Tuvieron desde tiempos de la conquista y no sin muchos pleitos, controversias y desprecios, esa prerrogativa de cargarla sobre sus hombros los notables indígenas y sus descendientes. En varios lugares sucesivos se fue conservando el bastón, con empuñadura que había ido tornándose en plata. Permaneció invariable esta tradición hasta casi nuestros días. Era todo un linaje directo ininterrumpido pasado de mano en mano, de generación en generación. Un orgullo heredado y una responsabilidad. Esta vara de distinción y respeto, de entronque directo con una cultura propia y signo de prestigio se fue endureciendo y petrificando como un pedernal sin el fuego.
Los padres dominicos establecidos en la basílica, nunca supieron distinguir dignamente este rústico cetro y lo arrinconaron en un arcón olvidado dentro de su convento. La especial dedicación inicial franciscana se convirtió en desidia y dejadez.
Las andas de la virgen se convirtieron en ruedas de caucho y la preeminencia del linaje se fue perdiendo en el olvido por unos y otros. La composición mágica y espiritual fue sustituida por el romántico folclorismo y la devoción, sin ningún sentido de integración, como lo fue en un principio.
La pureza del rito y el simbolismo del acompañamiento se mistificó con alpargatas, saltos ridículos y pieles de oveja con taparrabos. Se destrozó un encuentro etnohistórico convertido en romerías mercantiles y lúdicas, peregrinajes que ya recorren los caminos más fáciles sin el esfuerzo de antaño.
Es inexcusable revelar que todo cuanto escribo son disquisiciones totalmente personales producto de un encuentro.
La biblioteca de mi casa se desperdigó sujeta a los vaivenes de la temporalidad, los cambios de ubicación y las aficiones sucesivas siempre cambiantes. La monografía ubicada en un cerebro nunca fue mi fuerte. Se sucedieron los misterios de las catedrales, el románico robusto, la egiptología como edificio estructurado e inamovible de un mundo fallecido por agotamiento, el renacentismo vivo y abierto, la historia desgranada en relatos de genealogías humildes o encumbradas, la evolución constante del hombre como especie, la contemplación y degustación del arte plástico, el estructuralismo, los apuntes de dibujos imposibles, la novela histórica como apoyo, las críticas musicales y los tomos de catálogos antiguos para exposiciones de pintura tan queridos por mí, la antropología social y los poemarios perdidos en librerías de viejo…
Novela, bestseller nunca se contaron entre los pilares de esta pirámide imaginaria. No los necesita porque se edificó con la sillería de bloques nada monolíticos.
Toda esa amalgama de información formó un poso indeleble en ese cuenco receptivo a todas las influencias que es el tórax. Porque los libros se hojean con el pecho y se deshojan con la mirada fija.
Siempre recordaré que la hermosa biblioteca de Alejandría se fraguó en milenios y se destruyó a si misma en la incultura de unos pocos años.
Edificarla nuevamente supone desembocar en un Nilo particular caudalosamente vivo.
Bibliotecario de mi propia existencia salí tras charlar con Domingo llevando un nuevo ejemplar para andar entre sus archivos.

José Félix Sáenz-Marrero Fernández.
finales de Agosto de 2014.

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( imágenes de la nueva Bibliotheca Alexandrina. Egipto. Arquitectos : Snøhetta, Craig Dykers, Christoph Kapeller, Kjetil Thorsen. Construida en: 1995-2002 ).

ANUNCIO

Buen fin de semana a todos. Estoy preparando y concretando las fechas de mis próximas intervenciones y exposición de mis trabajos artísticos en público de cara al otoño. Les informaré de todo ello en breve. Están todos invitados. Les espero. Gracias.

PRESENTACIÓN / OTOÑO 2014

Próxima exposición y conferencia

de José Félix Sáenz-Marrero Fernández

— EL ARTE EN LA ENFERMEDAD COMO CAMINO DE EQUILIBRIO EMOCIONAL —

Es la primera exposición individual de José Félix Sáenz-Marrero Fernández -arquitecto de profesión, escritor y dibujante- tras su trasplante de pulmón en julio de 2013. Es un proyecto que representa su recorrido vital de los últimos dos años e incorpora su obra más reciente. Los trabajos realizados bajo la experiencia de la angustia ante la incertidumbre en la espera de un donante compatible, la ausencia de sus afectos personales en su tiempo en Madrid, en esa distancia doliente y alejada de sus islas. Esta exposición es la bitácora visible de una lucha a brazo partido con los sentimientos de impotencia ante la amenaza de una enfermedad que gobierna las pautas del destino.

El arte como modo de hilvanar el discurso emocional en la propia vida.

El trabajo de Sáenz-Marrero durante los dos últimos años queda plasmado en esta muestra en la que es clave el concepto de sanación a través del arte, un bálsamo reparador que construye imágenes con esperanza.

En este sentido, la exposición de Sáenz-Marrero recorre el peso de una profunda línea emocional con algunas de sus obras esenciales durante el proceso de su enfermedad pulmonar -de la que felizmente se ha recuperado-, de ahí que las imágenes del artista constituyan un claro ejemplo de superación ante la adversidad. Pasen y vean.

Teresa Iturriaga Osa / Escritora y traductora

Las ilustraciones proyectadas durante la conferencia pertenecen a los bocetos y dibujos de José Félix Sáenz-Marrero

EL HOMBRE DE LOS TRES PUNTOS SUSPENSIVOS…©

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Siempre tres, nunca dos o cuatro… como los escalones bien diseñados… en su justo número. Sin comas, que son curvas ortográficas. Sin punto y comas, que son como caballitos de mar. Sin guión de separación, que distancia mucho el recorrido. Sin dos puntos, que definen lo indefinible. Definitivamente, mi vida son tres puntos, lo suficientemente distantes ,imprecisos, sugerentes, insinuantes… y hasta eróticos si se quieren. Me pregunto por qué me expreso mejor después de colocar los dichosos tres puntos. Por qué me paro y medito, por qué se terminan mejor así mis frases… Empiezo a sospechar que mi debilidad por los puntos suspensivos es enfermiza como todo mi yo. Y empiezo a sospechar también que cuando pongo esos tres puntos fatídicos no he terminado aún de pensar, y me entra un vértigo espantoso. Y es que sugerir, dejar inacabado el camino del escrito, esperar que las letras se mueran en la orilla de los puntos, es en el fondo mi refugio. Y si no termino en los tres puntos, me parezco a un cuchillo cortando este papel o rasgando la pantalla. Un punto es el final… tres son suma y sigue. Y se trata de seguir… Descubrí los puntos suspensivos curiosamente el día que aprobé el examen de sintaxis en la asignatura de Literatura que me daba un viejo profesor catalán, Don Jorge, que fumaba una pipa curva como el pico de un cuervo. Se empeñó en que aprendiera gramática entendiéndola, porque aseguraba que yo tenía capacidad receptiva suficiente. Y no lo hizo mal el profe, porque los signos ortográficos empezaron a ser como una revelación para mí. Pero de todos ellos, los tres puntos suspensivos en el aire, sumergidos en el agua o depositados en la tierra, se me revelaron como imprescindibles. Esos tres puntos convenientemente situados como ventanas al exterior del espacio pueden cambiar el sentido… cambiar la dirección de la mente… provocar reacciones en el lector… y sustraerme del horror al vacío del papel en blanco tan temido en la pintura… Son mi arma para que tú me identifiques, son mi defensa para que no me agredas…

José Félix Sáenz-Marrero Fernández.

(escrito el 8/10/2012 en Majadahonda)

OUIJA…©

La abuela tenía los ojos intensamente entornados. Semicerrados, desprendían la agudeza visual de quien está ausente de todas las presencias. El moño, que abultaba las hebras de pelos encanecidos anudados en la nuca, le daba un aire de bajorrelieve egipcio perfilado
en la sombra que se proyectaba sobre el altísimo techo del comedor.
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En las noches cerradas a cal y canto por los postigos, cuando los zaguanes esconden una débil y sutil luz en su interior, la habitación se volvía templo local de la familia y los vecinos. Era el lar ancestral donde el aburrimiento aldeano se convertía en magia privada alrededor de la mesa
redonda que convocaba vacíos compartidos y convocatorias lejanas. Tan lejanas que rebuscaban el caos para encontrar lo más cercano.
El vendaval de corrientes espiritistas recorría las medianías más pobres del Sur de la isla. Captaba los adeptos y adormecía conciencias. Refugio de recorridos entre leyendas, sepulcros y familias rotas por el analfabetismo, donde los ancestros revoloteaban sin cesar bajo el olor de las ramas de romero.

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La recuerdo con una tristeza desangrada en las entrañas pero sobrellevada en un silencio sepulcral, solo roto en los trances esporádicos de una médium magnífica.
A pesar de eso, cuando se sentaba en el sillón cómodamente, aún joven, con los hijos alrededor de la mesa y los visitantes inquisidores buscando una señal que llevarse a la boca penetrando por la puertas del
abismo, era transmisora hermosa de mensajes de ultratumba como manuscritos sin descifrar.
Su paz interior transmitía el misterio de la sobriedad y sin embargo para mis ojos era una lujuria etérea que envolvía los rostros con una ansiedad desmedida.
Cuando la boca de Hortensia acertó a balbucir frases inconexas con una modulación grave, los sentidos de los convocantes se tensaron como maromas de naves a punto de zarpar.
“Pregúntame”.

Solo la carcajada de un muchacho descreído y despreocupado que apareció en la puerta rompió el encantamiento. Con sus pantalones cortos a tirantes se apoyó en el quicio repintado, tecleando con los zapatos en el suelo de madera, escuchó, como si esperara ver un eco sobresalir debajo del tapete repleto de números, signos y conjuros imaginarios.
La señora de rostro dulce pero con voz espantosa le escupió una frase a la cara, con las manos extendidas en forma de arcos, para estupor de los improvisados comensales de aquella comunión heterodoxa.

“Ríete hoy de todo lo que llorarás mañana”.
El escalofrío sólo alcanzó la piel desorbitada del muchacho. Presintió futuros y el hielo de la puerta al cerrarse lo dejó arrinconado en la pared.
La mirada fría, desconocida de su madre lo atravesó.
Escapó corriendo y alcanzó la calle. A lo lejos las montañas de Abona le relajaron. Atrás quedaba aquel ser atrapado en la historia. Ese ser que se lleva dentro alguna vez cuando estamos solos y nos atrevemos a preguntar a lo desconocido.
Mi padre se sentó en la acera y nunca volvió a ver aquella mesa.

José Félix Sáenz-Marrero Fernández
13 Agosto de 2014 en Granadilla de Abona.

Imágenes del autor y de El escobillón.com de Eduardo García Rojas.