ROMA… Y CRISTINO ©

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No, no es la ciudad. Es un nombre de mujer. Quizás Roma Damsk no fuese fusilada. Su misterio se pierde en París. El tiempo dejó su paso al piano, el piano a Venus, Venus a un pasaporte falsificado.
Óscar Domínguez (San Cristóbal de La Laguna, 1906-1957) es el pretexto y la excusa. Pero en el fondo está esa playa. Una montaña tan roja como las manos cortadas en un retrato. Playa Chica junto a la Playa Grande, forman pareja tormentosa gracias al idilio cuajado de acordes de piano, de olor a linaza y de caracoles de mar. El Norte y el Sur se abrazan en un poema como Óscar y Cristino. Los versos se hacen pelos de pincel y estocadas de paleta.
Subiendo las escaleras del caserón cuidadosamente rehabilitado, pensaba en aquella mujer tan hermosa traspasando el umbral del Calvario en Tacoronte. Óscar la trajo, y sé la llevó montada en un carro de mariposas a buscar la luz. Se le olvidó regresar a recoger paisajes, y dejarlos en las tazas del bodegón inmaculado. Unión de voluntades en el esfuerzo por incomprender la vida y la muerte.
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Pasión y misticismo se contraponen en las salas de la Casa Saavedra. Blancas calaveras se entrecruzan con las vísceras de una cueva guanche, dejando al hombre desnudo frente a una mesa de sombras. El pescador que llevamos dentro todas las duermevelas, aflora los deseos incontenibles de besar esas nubes, volar por el interior… sodomizar las letras automáticas en la contemplación del horizonte o remar en la porosidad de las ventanas.
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Es verdad. Lo argumentó Clara Armas, la directora de la fundación, cuando me indicó que había dejado de ser un crítico de arte usual, para entrar en el terreno de las emociones. La tensión de abrazar un surrealismo tan vehemente como sensual y salvaje en la casa de Cristino de Vera (Santa Cruz de Tenerife, 1931- ) junto a su autorretrato, y la soledad técnicamente perfecta de la humildad personificada fue tan intensa, que esa simbiosis estrechó nuestras manos.
Recordé a Maud (*), fotografiada por Man Ray, y vi como Roma seguía siendo perseguida por el azar. “Después de la tempestad viene la calma.” escribió Óscar a su huidiza amada.
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La mañana lluviosa de la calle San Agustín pesaba sobre las palmatorias del convento. Una partitura sobrevoló el drago y la palmera. Dos pintores bien distintos me escoltaron hasta Santa Cruz.
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José Félix Sáenz-Marrero Fernández

24/1/2015 (después de practicar decalcomanías… )

(*) Maud Westherdhal, crítica de arte, ceramista, esmaltadora y esposa de Óscar Domínguez. De Maud recuerdo una sonrisa abierta, unas manos ágiles… el Sol y la Luna esmaltados que presidían las paredes del salón-estar de mis padres.

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VENDETTA… ©

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Se sirve fría dicen. Por aquellos años en Nápoles no corrían buenos vientos precisamente. Como siempre, el “bell canto” aún se reflejaba en las cristaleras anuncio del Real Teatro di San Carlo. Todavía resonaban en su interior los gorjeos y trinos del castrato florentino Giovanni Manzuoli (“Succianoccioli”).
Félix nunca había visto tanto limpiaparabrisas ni tantos africanos en la ciudad. Con su voz de barítono sondeaba los callejones en busca de alguna esquina, algún almohadillado en el que apoyar el libreto y ejercitar la voz. Alguna aldaba donde tentar la suerte y conseguir que le admitieran como chansonier a cuenta de unas monedas.
Quizás un cabaret, una gruta volcánica convertida en pub, una terraza con un estrado pequeño… cualquier sitio. Pasaba por todo con tal de ganarse unas liras con el oficio y los estudios inacabados de canto en aquella academia oficial de la Vía Toledo.
Dejó a su espalda el Palacio Doria d’Angri, situado en la piazza Sette Settembre (ahora largo dello Spirito Santo)cerca de la dicha Vía Toledo. Reparó en un viejo pedigüeño, lleno de liendres, absolutamente inmóvil que, con mano fláccida, parecía una extraña representación de Ribera con su ropa arrugada de pliegues colmados de contraluces a deshora.
De lejos, en el cassette del salpicadero insertado en un automóvil, se oía cantar a Bejun Mehta el aria de “Ascanio in Alba”. El contratenor despejó la cabeza del joven, y este garabateó varias negras, paralelas y semifusas en un pentagrama trazado a bolígrafo. El vehículo arrancó y le dejó la mente absolutamente en blanco.
Ni siquiera vio pasar la vespa destartalada conducida por el andrajoso personaje, que de un manotazo aferró su brazo, y le descolgó el bolso. En un santiamén desapareció con los arpegios y las baladas sorrentinas. Volaron sus sueños en clave de do en cuarta.
Destruido su inmediato futuro entre las piedras en punta de diamante. Se arrodilló como un penitente y alzando su mirada al cielo, descolgándose la cinta que bordeaba su larga cabellera en forma de Jerónimo, recitó con agonía mientras las lágrimas de San Genaro le acompañaban su sollozo: “Ma questa sfortuna. Sono un disgraziato.”
No duró mucho su desazón. El olor de pasta al dente pasaba ante sus narices, desprendido de unos “fetuccini alla puttanesca” tan bien preparados que le hicieron salivar con desconsuelo.
Olvidó el desastre y apretándose los vaqueros, alzando su flaca figura, desapareció entre la multitud de viandantes sin dejar rastro.
Presencié toda la escena ensimismado. Poco después entré a buscar mi plato de loza capodimontiana repleto de cintas de harina y de la copa en vidrio campano a rebosar de un chianti toscano, brindando por el caos y la singular agudeza de reflejos que imperan en la necesidad.
Nápoles se adormecía en las tintas de un volcán desnudo, hermano
benjamín despierto de una tarantella engalanada.
La vendetta podía esperar.

21/1/2015

Fotografía y texto: José Félix Sáenz-Marrero Fernández

( recordando textos escritos en una cafetería de Pozzuoli )

PLATA… ©

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La cuesta es continua. Escalones de piedra granítica forman hileras interminables como si fueran railes de un tren selvático que ronronea estrepitosamente camino de alguna loma. Hay que esforzarse para poder otear los olores que se confunden con la naturaleza.
Cáscaras de fruta crepitan bajo las botas del extranjero exprimiendo el jugo de las guayabas y las ramillas de hierbabuena.
Compadre de un cura viejo, la visita obligada a la parroquia es un deber inexcusable. Aunque solamente le conoce por intercambio de emails en los que le pidió datos para su árbol genealógico que ya crece con unas ramas fuertes llenas de gusanos de seda a la avanzada edad del año 1712. Antes se ha cruzado con la taxqueña Lucía que, desplegando su falda sobre las tejas del kiosko del zócalo, escuela de vidas privadas y ajenas, ofrece hebras de hierbabuena para la piel y jarillas para el reuma.
Aquí, en Taxco, brindó el joven yuppie, apenas disfrazado como un marchante de piedras semipreciosas, en copas recubiertas de pan de oro, caldos que nunca sospechó. La riqueza de una piedra es en Méjico el símbolo de la alegría por vivir.
Otra vez las Siete Colinas de la ciudad mágica se escurrían por el sumidero de un cielo azul turquesa. De mañana había salido del Hotel La Borda, y en un paseo sinuoso peldaños arriba, disfrutó del panorama cuajado de techumbres, corredores, balcones, ventanales… todo desde una humilde azotea.
Como un Jorge Negrete de tres al cuarto, el forastero se atrevió a piropear a su María Félix particular recién descubierta. Y recibió por gracias un guiño de ojos que, escapándose del escote con el vuelo suave de un zopilote, fue a posarse en el bolsillo de su guerrera.
Directamente dirigió sus pasos hasta la platería y sacando varios billetes de dólares junto con un puñado de monedas en pesos mejicanos, adquirió un conjunto de piezas labradas en plata… puras y macizas… moldeadas con mimo, con la brillantez tradicional de limas y astilleras.
A su vuelta, le extendió la mano cubierta de reflejos argentíferos en los nudillos de la nativa. Un movimiento reflejo de rechazo, un gesto de altanería y un revuelo de pasos alejándose le dio la medida de como se las gastaba la yerbera.
Juro que conservo el brazalete y el colgante. Los pendientes están prendidos con descaro en los lóbulos sonrosados de las umbrías mansiones coloniales. Allí reposan engarzados en la moldura de un retrato descolorido por el tiempo. El lienzo, esculpido por la vejez inmisericorde del óleo, rostro de santa Prisca adolescente – casualidades de la historia, llegada desde otra Ciudad Eterna de Siete Colinas- tiene las facciones de Lucía.

(escrito muy cerca de casa por el recuerdo de un lejano viaje)

José Félix Sáenz-Marrero Fernández

19/1/2015

El CAIRO NO ES EGIPTO… ©

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Una dama me esperaba en la faluca para desplegar velas y partir hacia Nubia. La mujer de Egipto deseaba emparentarse con los faraones negros en una cópula de gatos con ojos de vidrio amansados por la corriente incesante del Nilo.
No hemos varado nunca cerca de esas estructuras piramidales tan apuntadas que hurgan los cielos en busca de nuevas vidas que recorrer. Meroe nos empieza a dibujar anagramas y la barcaza mece su sombra azulada en las platerías de un embarcadero. Aún así, recordamos cuando brincábamos de un salto sobre las tablas de la navecilla, allá a lo lejos, tras la isla Elefantina. Navegamos… y navegamos… de orilla a orilla… de trecho en trecho, sobre las gotas de jade que se formaban empapando la ropa como esmeraldas de sudor vaporoso por las frondosidades del viaje.
No recuerdo haber visto las norias de agua, las moliendas de trigo, ni los borricos ambulantes, ni los pies barnizados mojándose en las orillas del tiempo. Se hacía eterna cada jornada por los siglos de los siglos. Nuestras bocas eran dinastías cuentas del rosario de Maneton.

Siempre el lapislázuli descarnado por las grietas de la mano. Como lápiz y testigo un buitre encaramado entre las cejas y la miel sempiterna del sol derramándose por la comisura de los labios.
Siempre con las fauces del gran Apis abriendo la garganta desollada y cuarteada por el viento para devorarnos entre las fauces de la lectura.
Siempre la locura del jamsin en los abriles desérticos de la fiebre.

La dama de blanco pintó sus párpados en tonos púrpura y dejó caer el velo transparente. El nubio subía a contracorriente catarata tras catarata hasta la planicie del origen del mundo. La figura inerte estatuilla de barro llena de vida recogió el moño rubio de arena con un puñado de lianas secas y, bajo la lluvia de estrellas a la sombra de un dátil dulce recogido durante la tarde, se enfrascó en tejer un tapiz color naranja. Como el globo que tras la Gran Barca se inflamaba en una curva de la lejanía.
Caudal abajo Menfis murió bajo un tajo de olas sin piedad depredador de mastabas, ladrón de oscuridades y enterrador de carros alados. A sangre y fuego luchábamos con furia por la negritud del vientre ajeno sin pensar en el devenir milenario que construye y derrumba, en ciclos marcados, las lunas enteras, que de vez en cuando, cruzan el dormitorio del hotel para desaparecer en los casinos de juego de la isla Gezira.
La autopista se traga un imperio tras otro, una tribu después de la otra, un abrazo después de un arañazo.

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No existía la shura, ningún signo de cruces cortas… apenas el sacrificio sin codificar en el trueque del peregrino. Un mundo limitado y monolítico troquelado en el mentón del explorador y en el cráneo de la amazona.
El lagarto sin escamas se apareaba en mandíbulas de cocodrilo con la perversión de la bestia saciada en las fotografías de un aventurero.

Al Qāhirah antes de ser El Cairo resplandecía de luz bajo las antorchas de neón frente a las cristaleras del Hilton donde cenábamos los dos.
La fugaz plegaria confundía idiomas, creencias y alfabetos indescifrables. Sabía que ritmo era el de los remos, el de las estaciones, el de la aceleración bombeando, a golpe de afiladores de cuchillos, cada pedernal de los omoplatos. Era una cantinela que iba enervando nuestras miradas.

La Señora sostuvo entre sus muslos la ofrenda de hojas amarillas cubiertas de polen. Las tinajas incrustadas en la pared vertieron esencias de resinas bajo las almohadas marcadas con iniciales.
Y como una reina Candace viajó siempre mirando al Sur con el perfil de las cejas apuntando al Norte, donde un meandro riza el vello impaciente del mar, bogando hacia el olor intenso de las ofrendas.

Amanece en las puertas orientales de África. Mucho antes de que el swahili lanzase el grito espantoso entre los dedos etíopes descalzos. Mucho antes de que los hombres crearan La Gran Ciudad y las ramas del palmeral se tintaran en sangre de cordero para teñir los pezones de los guerreros. Mucho antes incluso que todo esto… yo ya montaba al animal sagrado para amamantar la vida, generación tras generación, grano a grano, con la paciencia amanítica de un ser privilegiado.

La mujer de África, la Luci de mi excavación, lo susurró tornando su busto con sabor a chocolate… convertido su pelo de cadmio oscuro en el de pizarra brillante:
“Al-Qāhirah isn’t Egypt”

José Félix Sáenz-Marrero Fernández.

17/1/2015 (cerca de un velero… )

PIRÁMIDES DE AIRE…

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