LA CALLE DE LOS SIETE GIROS…©

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“Que Dios te guarde.
¿Alguna vez has visto lunas llenas
levantarse entre velos y collares,
arqueras de dardos con timonera de pestañas
que atraviesan los corazones antes que los cuerpos
y que sorben de mis labios las gotas
más dulces que el dátil de Iraq o la profesión de fe?
Cada una de las mujeres cimbreadas más suaves que el vino tiene un corazón más duro que las rocas,
trenzas como perfumadas de ámbar con agua de rosas y aloe, negras como los cuervos, densas,
negrísimas, rizado sin artificio;
El almizcle de sus trenzas carga el viento
y muestra de los dientes lo frío
en tanto que juntan mi cuerpo y la enfermedad,
las pestañas con el insomnio.
He aquí mi corazón, es tuyo, para que me destruyas.
Aminora mi sufrimiento, o auméntalo.”
(Ibn al-Jatib, 1313-1374, Al-Andalus)


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La gárgola escupía agua sucia chorreando hasta el saco a bordo de un pollino de orejas gachas. La reata, casi al trote, desapareció en un ángulo de la calle zigzagueante. Un perro minúsculo con el rabo en forma de muñón ladraba a la cola de los burritos asustados y obedientes.
Para Ahmed Alfasí, con sus manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y a punto de apurar el té, era un callejeo más en el día. Ni siquiera se pegó a la pared para ver discurrir el río de inmundicias. Por el centro de la calle se dibujaba la sombra proyectada de un paredón que únicamente disponía de una abertura. El interior era el patio perteneciente a un caserón, tan encerrado en si mismo, que ni los troncos de las palmeras lograron perforar.
La barba del hombre avanzó con su mentón, y este olfateó el olor a cuero de cordobán que inundaba de lejos cada esquina del barrio. Las tenerías estaban tres arrabales más abajo, y ni los aromas a menta y a tabaco tömbeki puro lograban erradicarlo. Ahmed era un árabe de pura estirpe nacido, criado y amamantado en Fez. Educado en la mezquita de Quarawiyin. Su doctrina le había imbuido un sentido hermoso ade sensualidad en la palabra. Marchó posteriormente a Tetuán para estudiar periodismo en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas. La ciudad blanca fue su residencia durante ocho largos años. Tuvo que volver a su amada Medina de Fez el-Bali, no para ejercer su oficio, sino como pasante de un fedatario público con sede en la plaza Seffarine.

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La ciudad imperial… la más imperial de las ciudades, fue nuestro encuentro. Aquel personaje en plena juventud me ayudó a seguir los pasos de Abu Ishaq Ibrahim al-Sahili, llamado Es-Sahili, arquitecto andalusí, alarife, poeta y viajero. Un sueño que empezó en Granada y llegó hasta la mítica Tombuctú con su mezquita Djinguereiber (La Grande), bellísima en su madera de palmera y el color rojo de sus adobes.
Por las venas de Alfasí corría como un caudal la sangre materna sefardí derramada por Suleika sobre la tumba en el Mellah.
Azares del destino habían hecho desembocar en ese río un afluente que se remontaba hasta los mismos musulmanes saadies. Así que el carácter integrador y consciente de su herencia, le permitió abrirme la caja de erudición y simpatía que derrochaba. La addárqa(*) quedó aparcada, y sacando su rihla o libreta de viaje empezó a relatarme el peregrinaje de los trozos de las bibliotecas de Toledo, de Lucena, de tantas alacenas y tinajas de particulares repletas de salmos, de versos con el canto al amor, como una cinta de film enrollada con el lazo de las transcripciones guardadas de generación en generación.

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Cada poeta tiene su laberinto y cada barrio concede hasta siete perdidas de orientación para llegar a la gran Puerta Bab Azul. La fuente aún sigue dejando manar el gorgoteo de lágrimas en forma de azulejos.

El joven marroquí escribió en un bloc la bienvenida de Mulay Bashir: “llegasteis con el bien y os iréis con el bien”.
Yo lo traduje en mi cabeza: “cada uno encuentra su camino y se lleva lo mejor de los días vividos”.
Me contó como el arquitecto Abu Ishaq Ibrahim al-Sahili, llamado at-Tiwayin, partió un día de Granada huyendo de los nazaries. Como había conocido a Ismael Diadié, desciende directo, bibliotecario en Tombuctú, que siglos después y en la actualidad, tomó la senda inversa por idénticos motivos para encontrarse con la lejana familia de Sofía Diadié González, a su vez también descendiente granadina de Es-Sahili. Palomas y ébanos cruzándose en el destino.
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En este relato hay caballos, bestias, lunas, catres revueltos de ropa lavada con baños de sal en una fonduk(*) miserable.
Al salir de nuestra reunión, tuve que alquilar una silla de mimbre destartalada por la exorbitante cifra de cien dírhams para limpiarme el sudor insoportable. La sombra alargada de la techumbre en forma de caballete, cubierta con una lona, se fue apoderando de mis huesos.
También hay sílabas de consonantes místicas en el abanico improvisado por los rostros velados en la historia. Ojos oscuros encadenados a las celosías, y una suciedad de moscas que vuelan en forma de ventilador. Los altavoces difunden un habibi(***) dulzón, luchando día y noche con la letanía del muecín. Son las crines de la yegua domada por el susurro.
El más grande poeta árabe Al-Mutanabbi (915-965 d.C.) lo expresó magistralmente: “Me conocen los caballos, el viento… el desierto. Me conocen la espada y la lanza y el papel y la pluma”. Su Al-haylu wa al-laylu wa al-bayda’n…
Me conoce la sustancia oscura y luminosa de lo que soy.
Aquella tarde en las murallas de la vieja ciudadela que un día fue la ciudad más poblada del mundo, reflexioné sobre arquitectura… poesía y vidas errantes.
Ahmed se alejaba enmarcando una silueta cansina y doblando los tapiales bermejos del atardecer.

José Félix Sáenz-Marrero Fernández.

(terminado de escribir el dieciséis de febrero de dos mil quince, cuando se despiden las alfombras

() addárqa: adarga, coraza escudo de cuero de la caballería musulmana, procedente de las tenerías de Fez.
() fonduk: fonda o pensión en Fez.
(
) habibi: amor, querid@… en árabe.

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QUE FUE DE PARÍS… ©

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“Huye, pintor, de la acuarela y fija
el color demasiado desvaído
en el horno de los esmaltadores.”
(Théophile Gautier: “El arte”)

Nada. No terminan de arder las Tullerías. Nice siquiera los espacios abiertos de Valéry Giscard d’Estaing en el vientre de París. Ni en el vetusto centro Pompidou lleno de actividad se encienden los toboganes. Ya no se ven los ojos angulares del Instituto del Mundo Árabe. Sus parasoles de rejas permanecen con los párpados cerrados carentes de luz, en la Ciudad de la Luz. El museo del Quay Dorsay cierra los contraluces de sus naves, se abastece de trozos de mármol, engulléndose a si mismos. El ascensor vidriado transparente del Arco Cuadrado de la Defense enmarca barrios y más barrios repletos de vidas anónimas. Les Halles permanece sepultado en un sótano de sombras inquietantes reflejadas en monstruos de escaleras mecánicas interminables.
El invierno es extremadamente frío. Enfrente de la acera de la rue Veuille du Temple abre sus puertas el pequeño Bar “du Marché des Blancs Manteaux”.
La silla, de difícil curvatura en el respaldo, tan cómoda como un sofá, me presta el servicio de aparcamiento.
– ¿Patsis 51 o Benedictino, Messieur?-.
Le pido el licor secreto de Bernardo Vincelli.
El camarero es un rasta de tez tan oscura como el ébano. Inmigrante de segunda generación. Carne de cañón de suburbio. Pero sabe mis costumbres. Por eso me encanta Le Marais. Es donde descanso cuando paseo hasta la Place des Vosgues.
El recorrido hasta la iglesia de San Paul y San Luise es un desafío al tiempo. Desde el principio de París con el vallado de su contorno penetro en el Palais Royal sin hacer caso de las marismas insalubres.
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Mirando por encima del dolor pulido en su rostro y los chorretes de polución entre los pliegues del manto, la suciedad del mármol desabrochado, la Dolorosa de Germán Pilon me ha subyugado siempre. Sorteando callejuelas pintadas a graffiti en olor intenso de salsa rumescu, bajo la penumbra de los soportales de la plaza, rememoré, portal a portal, la numeración de los palacetes y sus vidas. Víctor Hugo, Alphonse Daudet, Bossuet, Marion Delorme, Madame de Sévigné. Todos estallaban en palabras conversando conmigo. Rememoré hazañas juveniles tocando el timple en el Boulevar Saint-Germain-des-Prés, aún estudiante, cuando lo que proliferaban eran los bistros de rusos exilados.
Me llegaron las noches de lectura sorprendido por las velas en la habitación de un hotelito cercano, el Turenne, cuando el barrio no pensaba ser refugio de acaudalados judíos, casi extinguidos, ni el Chueca madrileño. Las boutiques y galerías de arte eran sueños en la mente de muchos jóvenes que padecían la resaca del frustrado mayo del sesenta y ocho.
El Cardenal Richelieu pidió una copa distinta a mi elección, y comentó recogiendo los pálidos faldones de raso:”La lealtad es simplemente una cuestión de fechas.”
Discrepé con él, con la humilde sabiduría de cuatrocientos años de distancia, en su concepto de lealtad. No es cuestión de fechas sino de respuestas.
Hice un salto en el tiempo para aterrizar en la Rue des Rosiers. Aún no sé porque esta ubicación en el mapa, porque ha cambiado mucho desde mi primera… ¿la segunda?… o en todo caso, la tercera visita al barrio. Aromas de esencias penetrantes, ropas confeccionadas de diseño… se suceden sin el menor descanso. Escucho, entre nubes de pequeñas y pálidas japonesas perfumadas, el aullido seco de los trenes. Una multitud de espaldas en forma de arco iris bulle entre adornos del siglo SXVII.
Dudé entre acercarme a “L’as du Fallafel”, y engullir un falafel de los de antes, o un choucroute Royale en la excelsa brasserie “Bofinger”. Diferencias abismales para un alma refinada. Me decidí por la segunda, dado que ya era un visitante profesional con la acreditación en la solapa de la BATIMAT. Dieciocho años de edad y aún suena Michel Polnareff como música de fondo bajo la cúpula. Mezclo los tiempos y las épocas.
Un café Cargado, Amargo, Fuerte y Espeso como debe ser.
Todos los Parises entran en la piel de cada cual en alguna época de su vida. En la mía, descorcha luces y sombras de aldabonazos en la memoria.

José Félix Sáenz-Marrero Fernández.
( una mañana como en París)

treinta de Enero, año dos mil catorce.