PREFACIO…

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Siempre me gustaron las ventanas herméticamente abiertas. De par en par… con sus dos hojas batientes incrustadas en la pared. De noche me traen la oscuridad necesaria para arrebatarle al sueño esas frases semiolvidadas y rescatadas por el insomnio. A veces pongo a funcionar la grabadora y oigo mi voz inconsciente atrapando absurdas quimeras, burdos y dislocados disparates.
Amaneciendo desenmascaran las sombras y las dejan desnudas teñidas, entre un azul añil portentoso y pinceladas con pigmentos de pastel.
De día me enseñan el bullicio del movimiento acompasado de los seres anónimos que se cruzan con las gestiones en la cara. A lo lejos diviso las azoteas del cielo.
Al atardecer la siesta recapitula remembranzas de lienzos inacabados y exámenes de conciencia suspendidos en la bruma.
Anochece y las contraventanas permanecen incrustadas en los muros, atadas a las crucetas de los semáforos ambarinos de árboles imaginarios y calles desvencijadas.
Son las ventanas por las que se asoman, se cuelan y desaparecen los alientos del amante satisfecho.
Todo acontece de ventanas hacia afuera y de huecos hacia dentro. A diferencia de las puertas, las ventanas solo permiten el paso de los colores, de los sonidos, de los aromas, del regusto paladeado con una lengua siempre a flote y el tacto de los quicios, los travesaños y los arcos del paraíso. Traspasarlas está vedado para el cuerpo pero tientan el espíritu.
Las podía haber pensado venecianas, abatibles, plegables, pivotantes, batientes, oscilantes, deslizantes… en todas sus formas y variantes. Elegí las clásicas de dos hojas con ejes verticales dispuestas con unos retenedores de manecillas en forma de aspas de molino que nunca giran en el sentido del reloj.
Apoyado en su alféizar, sentado frente a ellas, inclinado bajo el parapeto del anonimato o gritando, con medio cuerpo volando, en un arrebato de niñez, las voy amando una a una con un abrazo inmmortal desde que nací.
Las dibujo de memoria, las palpo en color violeta, dejando que me penetren para conciliar un sueño. ¡Qué más da el material que me une al mundo! Las adorno sin adornos, las lijo, las acaricio con el mimo de un padre primerizo, barnizo sus extremidades con laca mate hervida en aguarrás y las golpeó con furia cuando no me dan la razón insatisfecha del destino. Son el aceite de linaza inyectado en las hormonas.
Pero eso sí… nunca cerraré el tragaluz de los entresijos, no taparé el ojo de buey que sirve de camarote, proyectaré mi doble en sus esquinas y verteré chorros de sangre roja en un hermoso graffiti evanescente cuando la vida esté a punto de escaparse.
El ventanal solo se sellará en una claraboya inmensa cuando termine de escribir, de dibujar, de pensar en la tronera atrapada en los contrafuertes de las costuras.
No en vano la boca es el mirador de los pulmones rejuvenecidos por la brisa del encierro. Proyectarlas en los músculos macizados con esmero, armarlas y desarmarlas en un taller solitario donde se cuecen las obras, es una labor placentera que da sentido a estas hojas.
De par en par, como gemelos de una realidad equivocada.

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MADERA DE CABALLO… ©

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Dicen que tengo un corcel
con la brida desbocada entre la boca
cuando asoma una sonrisa de yegua
escondida en sogas de esparto.

Dicen que los genes me vuelven equino
con la alzada de un gigante patilargo
árabe de estirpe seca
piel cuarteada
inmóvil.

Dicen que mi madera es de viñátigo
o de aceituno en los ojos
o de vidrio en las pestañas espigadas
que enmarcan gruesos labios.

Dicen que las crines vuelan sobre los flecos
con la penetrante mirada
de un soñador de caballos.
Y quizás tengan razón en todo lo que dicen.

Solo queda relinchar cuando se aprieta el bocado
me desmontan las esperas
se doma el carácter
esculpes el aire tumultuoso
y desencadeno ese árbol.

Dicen que la mansedumbre se adquiere con los años.
Solo lo dicen los que nunca han acariciado un fresno.

Los que no han aprendido nada de los anillos
robándote las arrugas de las manos.

Los caballos… ellos si se vuelven de madera
yo no… yo apenas los alcanzo.

José Félix Sáenz-Marrero Fernández

7/6/2015 ( las esculturas se vuelven hermosos animales. Oyendo a
Maureen Choi, su piano, con Quartet, en el Templete de la noche estrellada de Majadahonda ).