RELATO… ©

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Ella no era una mujer que iniciara una conversación gratuitamente. Su delicadeza le impedía tomar esa decisión y sin embargo dejaba caer los hombros con entrega disimulada en la cara. Su espalda se cruzaba con los transeúntes mientras sabía que tenía clavados miles de ojos en la nuca. Revolvía su pelo un aura invisible, coraza de otros tiempos, perfecto disimulo de una barbilla siempre alerta. Ponía todo su empeño en aquel desentendimiento consciente. Ni siquiera la brisa que acompañaba sus labios movía una hoja de carmín en zapatos de tacón como diamantes. Su collar de perlas fluctuaba entre un escote ancho y el cuello de una copa de Acuarium con hielo. Cruzadas sus piernas mientras ignoraba el mundo alrededor asemejándose a una escultura griega. Ni siquiera pestañeaba agudizando su fino olfato con los gladiolos que crecían en las jardineras de la terraza. Mezclaban su aroma con los vivos colores de mil geranios.
Distante y distraída soñaba sin cerrar los ojos, y soñaba en verde, en azul… en cuerpos caleidoscópicos desteñidos de agobios. Los veía cruzar despacio entre oleajes de asfalto, tan azabache como la noche veraniega que amenazaba una lluvia de estrellas sobre los toldos de franjas blancas y negras.
Adormecía una cuna en la ribera de su falda buscando un hueco para la felicidad.
Cuando sonó su teléfono móvil dentro del bolso ya había decidido de antemano la contestación que había pensado largo tiempo atrás. Su mano rebuscó entre mil objetos secretos guardados, revueltos en su memoria, y apretó la tecla precisa. Sin esperar un saludo lejano y cálido, mirando sin ver, ciega y sorda a los silbidos de un tren que cruzaba el horizonte sinuoso detrás de las montañas, dejó arrastrar una sola palabra con pasión contenida:
-” Ven… ”
Resonó un relámpago donde nunca hubo truenos. Y se abrieron las ventanas del sol en la media noche de la ciudad. Los focos de un crepúsculo cubrieron de neones la sonrisa abierta que se dibujaba en los cristales del pendiente.
Un rocío artificial resbaló sobre los muslos barnizados de crema con sabor a parchita.
Era una mujer de soledades inciertas. Soledades compartidas con las sombras de caserones cuajados de escudos en forma de trébol, de corazón, de formas sensuales desgastados por las inclemencias del tiempo.
Cada esquina tenía una historia y cada historia un renovado impulso de nuevas leyendas urbanas.
Densos nubarrones huyeron en el fondo de los globos blancos de sus ojos. Aquella brisa despejó su mirada y abonando con un billete perfectamente doblado en forma de pajarita infantil, se levantó como una garza en vuelo y desapareció entre la multitud. La ciudad del Norte abrazó las palomas dormidas en los antepechos. La danza de las flores muertas empezó a destilar copos de sangre derramada.
Una luz especial dejó los trasluces de las ventanas abiertas. Ella se dejó atrapar por la magia del encuentro.

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RENACIMIENTO… DOS AÑOS. ©

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“Éste es Rafael. Mientras vivió, la Madre de las cosas temió ser
vencida por él, y cuando murió, temió morir con él” (Pietro Bembo)

Es difícil… muy difícil expresarlo. Y más si parece que fue ayer. Sin embargo el proceso fue duro… muy duro. Era como volver a empezar. Era un espectacular y prometedor Renacimiento. Cuando hace exactamente dos años sonó el teléfono a las siete y media de la mañana, poco podía suponer que tres horas más tarde, completamente desnudo y acostado en la cama de la habitación 201, módulo de trasplantes del Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda, una cara llena de satisfacción me iba a sonreír y oiría una frase, que aún hoy me sobrecoge: “¡Estos sí!… estos pulmones sí son para ti…”.
Era el segundo intento en un mes.
Recordar es aprender también. Y en dos años creo que he crecido.
Escogí para hoy esta imagen “La Escuela de Atenas” de Rafael Sanzio de Urbino, pintor y arquitecto, fallecido a los 37 años, dueño y señor de la perspectiva, dominador de la luz, que se alza en el mismo Vaticano. Su padre era poeta y él, asimismo, un trabajador de las artes íntegro y esforzado.
¡Qué poca vida para tanta creatividad!
En su mundo, en su espacio, en su tiempo la triada ( Miguel Ángel Buonarroti, Leonardo da Vinci, y él mismo), culminación de una época, una manera de vivir y entender la vida, dejó la huella imborrable del arte como provecho del alma. Aferrarse, asirse al goce de los sentidos, es lo que hace subsistir al hombre de la pena, la enfermedad, la barbarie y el olvido.
No fueron solo los pulmones, como órganos sangrientos de mi siempre recordado donante. No fue únicamente la cirugía, los desvelos, los cuidados y el esfuerzo de profesionales, familiares, amigos y compañeros de lucha. Fue la delgada línea trazada con el lápiz de la generosidad en un pecho lleno de costuras la que separa un antes y un después. Donde había paisajes inertes hubo aquel día campos de girasoles bajo un sol ardiente que tardaría aun mucho tiempo en contemplar. La barca marinera del Carmen empujó el aire después en la boca ciega del túnel.
Recordar es aprender. Y aprender requiere una obligación. Enseñar lo aprendido. Divulgar los frutos de esa hiperconsciencia creada en el interior. Y convertir la experiencia en una paleta de colores con un cromatismo brutal, con empuje, con coraje.
No importan los rechazos, no importan las caídas, no importa ningún hueso roto ni un músculo perdido. Ni siquiera importa domar el temblor de unas manos que a veces se te van por las olas de todos los días.
Ahí esta esa escuela, esos filósofos transfigurados en competidores del pintor. Esa arquitectura sencilla que abraza los mantos. Ahí esta esa Grecia alegórica y real, esa visión eterna de una cultura que se recreó siglos después gracias a la sensibilidad, al amor a todas las artes… al renacer de sus cenizas transportadas por un huracán renovador. Solamente la inquietud, la búsqueda de la perfección, la constancia, y un espíritu creador como el de Rafael pudo representar y reunir tanta sabiduría, tanta grandeza y tanta profundidad.
¡Si hubiese vivido un poco más!…
Este dieciséis de Julio es para mí un día especial. Un punto de nueva partida. Comenzar otro año dando las gracias y volver a soñar. Volver a abrir los ojos y sentir… sentir con intensidad…

En vez de OXI, no, yo quisiera gritar siempre NE, SÍ… a la vida.

José Félix Saenz-Marrero Fernández.

16/7/2015 (estas líneas van dedicadas a los que aman existir)
Felicidades a todas las Cármenes… especialmente va por ti, madre.