MANDARINAS DE POSTRE… ©

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El “caldo de gallinácea” olía a hierbabuena, a hortelana, a guiso de especias empapadas en grasa, salpicada de tropezones, que al revolverse con el cucharón se llevaba los malos augurios del año que acababa y dejaban un aroma espeso por toda la casa. Sus manos vencidas por la edad eran maestras en servir los cuencos adornados de campanillas brillantes y escanciar cantidades exactas para todos los comensales. 
Durante años fue el pavo relleno de ciruelas y castañas el plato fuerte de la noche. Con el tiempo se volvió capón o como decían los niños “pollito del corral” aderezado de piñones, pasas y trocitos de manzana reineta. Alguna vez el cabrito formó parte de la mesa como un tributo a la manera canaria de prepararlo. En los últimos tiempos el besugo hizo los honores con sus ojos burlones y desorbitados. Invariablemente el turrón de yema tostada sin costra aparecía, en una bandeja aparte, para el momento de charla y risas contenidas de emoción. 
Silenciosa degustaba un minúsculo vaso con vino de la tierra para aclararse la garganta. 
Las generaciones fueron sucediéndose como anfitrionas y los rostros se fueron haciendo más maduros. Abuelos, padres e hijos se fueron sucediendo sin que nos diéramos cuenta. Las luces de la ciudad y los árboles de los campos se fueron haciendo tenues lienzos de fondo ante una mesa cena con una puntualidad exagerada. Los humanos nos volvemos nostálgicos por estas fechas. Ningún tiempo pasado fue mejor. La vida es ese enorme puchero al fuego rebosante de esperanza en bruto. 
Lo que nunca variaba eran las mandarinas de postre. Gajo a gajo el olor intenso  de azahar derramaba dulzura. Sus esferas brillantes fueron las pompas de un jabón que limpia estómagos agradecidos y devuelven el jugo de vida a la garganta. Los regalos esperados no se envuelven en cajitas con lazos rojos, ni se guardan en un saco del mismo color, ni se depositan en una cesta a pie del árbol de Navidad. Junto al belén solo existen melodías nuevas, dulces inventados cada mañana, licores que nunca envejecen, panderetas agitadas al cielo. 
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Seguro que por eso el postre es siempre naturalidad que no empalaga. Naranjas de la china son siempre un sí, nunca un no, a las navidades que se celebrarán por nuevos seres que han de venir. El Por-venir se cuela en los ojos tiñéndolos de tranquilidad. Dejad en paz los recuerdos… y levantaros al final de la noche para apretar las manos de los que llegan. Aún queda una última mandarina que saborear con alguien. 

José Félix Sáenz-Marrero Fernández. 

24/12/2015 (ante una nueva oportunidad…)

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