RENUNCIAS…

“Sólo aspiro a encontrar mi paraíso en la tierra. Y soy digno de compasión porque es posible que lo haya conocido en varias ocasiones y no me haya dado cuenta.”
Terenci Moix

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(Por el Día Internacional de la Poesía… )

¿Miedo a la muerte? Mucho. Respeto a la vida se llama. Respeto al amor que se subleva por dentro. Y no hay temor sino al olvido. Un poema único dejó de existir aún antes de haber nacido. Primaveras leídas entre las cartas de un tarot descomunal que el azar nos trae dando bandazos cada comienzo de estación. Partes el calendario en cuatro tomos. Lo doblas entre las venas y exprimes las horas de plenitud. Haces del minuto de gloria un éxtasis de impulsos. Llevas inhalando la búsqueda desde el principio. Y así permanecerás en el recuerdo de un compás de espera. Hasta que rescates la belleza del pasado y la hagas tuya. Hasta que inventes de nuevo un nacimiento de Venus en la concha de ámbar que anida en el ombligo. Sólo entonces se abrirán las ventanas cielo adentro…

Antes… mucho antes de que acabe el tiempo
se fue destiñendo la savia blanca
pletórica de renuncias
Antes incluso de que empezara a quererte
negaba la existencia de nostalgias
atenazadas de dudas
Antes… siempre antes de ti
Como si no viviera años atrás
de puro placer.
Goce de carne inventada
sobre el tablero del sacrificio
dibujo del frío…

No temo la desnudez de largos paseos zigzageando en las escuadras de la gran manzana. No temo escalar las arrugas de un invierno que ahora sí es recuerdo. Temo a las hadas que se enredan en los bosques de palmeras goteando escamas anfibias bajo mis pisadas. Esas que se deslizan dentro del futuro premonición de augurios sombríos.
Las mataría con un beso si es que algún beso mío mata.

José Félix Sáenz-Marrero Fernández

21/3/2016

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CUANDO LLEGA EL VIENTO… ©

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“Soy un hombre apasionado del viento, por él hubiera dado toda mi vida.” (Otto René Castillo)

Esa sordera que produce la brisa al ir creciendo en volutas perfectamente estudiadas pero desordenada… me hace libre. Su caricia suave cuando despierta, la fuerza que arrastra todo a su paso, la sensación de levedad cuando camino solo, el vértigo de sus arremetidas… el bello desgaste que cubre pátinas del tiempo.
¡Que hubiera sido de mí sin el viento! Puede decepcionarte un gesto amargo, una promesa incumplida, un des-aire… un sueño que termina en pesadilla.
Pero no la vida. Esa que te lleva en volandas bajo las faldas de un desgarro sobrecogedor a impulsos inmensos. La misma vida que sobrevuela el castillo de algodón que nunca terminaremos de resolver.
Es el remolino amansado y amamantado sin miedo a la muerte. Ésta, también es única. Terminará venciendo tarde o temprano. Luchar contra ella con la palma de la mano abierta, sin los puños crispados, desoyendo el aleteo de los murciélagos que se avecinan y se oyen alrededor, es el supremo deber del hombre confiado, optimista, sabedor de sus recursos.
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Singladura con el velamen desplegado hacia nuevos horizontes. Donde únicamente la palabra, el rasgo perpetuado en la memoria abandonada bajo una corona de olivos, nos hace inmortales e imperecederos en la desnudez de la historia. Anónimo es cualquier dibujo que trate de imitar las hojas flotando en el estanque. Anónima es la voz que nos susurra a corazón abierto los velos de la noche. Pero ver amanecer constantemente dentro de las entrañas tiene un precio.
Cuando llega la incertidumbre hay que combatirla con la certeza, con el descaro del que nada pierde… arriesgar la vida por las ideas que crecen con el empuje de los sentimientos. Hacerte partícipe de los sobresaltos que atenazan los días. Y ganarles en una cruel batalla. Siempre me dije que aferrarse a la supervivencia no es gratuito.
No lo es para quien ama el viento que sopla en todos los demás. Por él, como René, doy mi bien más preciado: la vida.

José Félix Sáenz-Marrero Fernández.

22/11/2015 (en la vorágine de los días… )

PREFACIO…

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Siempre me gustaron las ventanas herméticamente abiertas. De par en par… con sus dos hojas batientes incrustadas en la pared. De noche me traen la oscuridad necesaria para arrebatarle al sueño esas frases semiolvidadas y rescatadas por el insomnio. A veces pongo a funcionar la grabadora y oigo mi voz inconsciente atrapando absurdas quimeras, burdos y dislocados disparates.
Amaneciendo desenmascaran las sombras y las dejan desnudas teñidas, entre un azul añil portentoso y pinceladas con pigmentos de pastel.
De día me enseñan el bullicio del movimiento acompasado de los seres anónimos que se cruzan con las gestiones en la cara. A lo lejos diviso las azoteas del cielo.
Al atardecer la siesta recapitula remembranzas de lienzos inacabados y exámenes de conciencia suspendidos en la bruma.
Anochece y las contraventanas permanecen incrustadas en los muros, atadas a las crucetas de los semáforos ambarinos de árboles imaginarios y calles desvencijadas.
Son las ventanas por las que se asoman, se cuelan y desaparecen los alientos del amante satisfecho.
Todo acontece de ventanas hacia afuera y de huecos hacia dentro. A diferencia de las puertas, las ventanas solo permiten el paso de los colores, de los sonidos, de los aromas, del regusto paladeado con una lengua siempre a flote y el tacto de los quicios, los travesaños y los arcos del paraíso. Traspasarlas está vedado para el cuerpo pero tientan el espíritu.
Las podía haber pensado venecianas, abatibles, plegables, pivotantes, batientes, oscilantes, deslizantes… en todas sus formas y variantes. Elegí las clásicas de dos hojas con ejes verticales dispuestas con unos retenedores de manecillas en forma de aspas de molino que nunca giran en el sentido del reloj.
Apoyado en su alféizar, sentado frente a ellas, inclinado bajo el parapeto del anonimato o gritando, con medio cuerpo volando, en un arrebato de niñez, las voy amando una a una con un abrazo inmmortal desde que nací.
Las dibujo de memoria, las palpo en color violeta, dejando que me penetren para conciliar un sueño. ¡Qué más da el material que me une al mundo! Las adorno sin adornos, las lijo, las acaricio con el mimo de un padre primerizo, barnizo sus extremidades con laca mate hervida en aguarrás y las golpeó con furia cuando no me dan la razón insatisfecha del destino. Son el aceite de linaza inyectado en las hormonas.
Pero eso sí… nunca cerraré el tragaluz de los entresijos, no taparé el ojo de buey que sirve de camarote, proyectaré mi doble en sus esquinas y verteré chorros de sangre roja en un hermoso graffiti evanescente cuando la vida esté a punto de escaparse.
El ventanal solo se sellará en una claraboya inmensa cuando termine de escribir, de dibujar, de pensar en la tronera atrapada en los contrafuertes de las costuras.
No en vano la boca es el mirador de los pulmones rejuvenecidos por la brisa del encierro. Proyectarlas en los músculos macizados con esmero, armarlas y desarmarlas en un taller solitario donde se cuecen las obras, es una labor placentera que da sentido a estas hojas.
De par en par, como gemelos de una realidad equivocada.

SIBONEY…©

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Pasear por el Paseo Pereda, valga la redundancia, es vestirse de smoking, aunque no se use desde por la mañana.
Calle Castelar abajo, abriendo el barrio de Puertochico, entramos en la cafetería del Savoy y pedimos una tónica con sabor a manzana, como gustan servirla ahora, sentándonos después en la terraza. Todo el aroma de los barcos llega desde muy lejos para interrumpir el tráfico. La elegancia no está en el horizonte, sino a nuestra espalda… en sentido vertical. Apaisado, el cielo envuelve cada sombra proyectada… redondeces y tiralíneas en una compleja mirada que, acariciando una esquina, me retrotrae a los años treinta entre mástiles blancos, como gaviotas proyectadas sobre el azul del cielo. Una sidra sin alcohol es casi una chapuza en esta ciudad llena de espumosas reminiscencias. Don José Peral Revuelta, promotor en aquellos años, dejó volar el gris azulado de las balconadas que aún se asoman al puerto. Este emigrante montañés en Cuba, fundador de la Casa Regil, con el aroma de café en las venas, dejó a José Enrique Marrero Regalado apostar por un austero racionalismo que recordaba sus primer viaje por la Alemania heredera del Bauhaus. El estruendo de los automóviles dejaba paso a ráfagas el batir de las olas de un malecón perdido, entre chiringuitos que lucían pinchos fashion sobre los mostradores de acero inoxidable. El tablón de madera de las tascas del puerto descansaba arrinconado en el barrio pesquero entre cañas de cerveza tiradas con un primor exquisito. Conversé con aquella señora de Líerganes de la mesa contigua que desenfadadamente dejaba sobre el movil su pitillera y miraba constantemente la hora en su reloj de pulsera. Un bolso de marca colgaba de la silla repleto de revistas de arte. Las voces entrechocaron un brindis por la vida que se dejaba llevar sobre las rayas impolutamente blancas del asfalto paralelas a las cintas distribuidoras del cuerpo en el edificio.
El bolígrafo de bola corrió en un desliz automático por mi libreta de apuntes y trazó un bosquejo de ojos de buey disfrazados de miradores oteando cada movimiento urbano.
Si desde la borda del barco derramé champán para celebrar aquel encuentro fortuito fue solo para que se mezclaran los sentidos, aflorasen las miradas hasta alcanzar La Montaña, y hacer una infusión de cortezas aguamarinas con las que aderezar el camarote del apartamento. A ritmo de sones cubanos, el espíritu caballeresco de los recién llegados se hundió y se adueñó de las jarcias del Ensanche en un paseo interminable, hasta darme un baño de olas en las arenas del Sardinero. Dibujé los troncos descuartizados y abatidos por el hacha azul de los transeúntes. Descalzo me atreví a dejarme deslumbrar por ese fragor que huele a cabrachos en “el último reducto de los mareantes”, como diría Don José Simón Cabarga. Nunca me arrepentiré de aquella ensoñación cantabrocubana inspirada en una melodía.

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CORTEZAS DE AGUAMARINAS… ©

Esos troncos que se apilan frente a mi
muerden la conciencia
marcan un puñado de aguas en suspenso
del cielo.
Aguamarinas talladas
talismanes de ti
antídotos de venenos escritos
masca la corteza
amarga
que sana costumbres
adrede.
Quema tu madera
en la proa de mi barco
balcón asomado a la calzada
marina
del encuentro.
Me sorprende la voz que suena
cruzando calles
hasta la cintura
envuelta en estrías de edades distintas.

Carne esmeralda… savia del mar
vigila el puerto.

José Félix Sáenz-Marrero Fernández.

17/5/2015 (por el puerto de Castilla)