LA GUINDA BLANCA… ©

“Uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe.”
(J. L. Borges)

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No hay ni rastro de nieve en la carretera. El asfalto se cuela entre las cintas blancas discontinuas por el mismo centro de la autovia y las laderas cubiertas de una hierba espesa y uniforme. Montañas azules, grises, cristalinas… sombreros de copa mezclados con gorros de lana negra disueltos en un cielo todopoderoso. Abetos, con carámbanos de piolets helados simulan las agujas del reloj solar en la vieja torre, o la espada pararrayos del santo rey Oswald.
Las ruedas giran serpenteando hacia las alturas en un carrusel de peraltes que como toboganes al borde del lago se precipitan hasta las cubiertas a dos aguas negras, rojas… rezumando limpieza y orden, señalando un punto central como meta: La fuente dorada de la Kolinplatz a rebosar de transeúntes.
Llegaba a Zug, en el corazón más pequeño de Suiza, para visitar a un pariente lejano emigrado que se había instalado en la floreciente ciudad alpina. Bullían las calzadas de bicicletas pedaleadas por jóvenes de mochila en bandolera procedentes de los barrios nuevos, con sus inconfundibles texturas de hormigón y acero.
Aquí todo es mínimo, como el territorio, y minimalista como el dinero invisible que lo rodea. Hasta el barroco se hace un hilo delgado que ata vigas y puntales dejando ver hojas silvestres en su entramado.
Los picos rocosos, desbastados por ventiscas de tragicomedias, nunca terminan en puntas de diamante y sin embargo, se apellidan horn, cuerno en germánico.
Terminé mi visita… sin que nadie que me molestase, me dirigí a la Kunsthaus () de tanto renombre, en una caminata solitaria y acompasada, bordeando el lago. Confluían las delicadezas japonesas y el proverbial amor por la naturaleza suizo en los recorridos creados por el gran arquitecto japonés Tadashi Kawamata. Sentado en el tablazón de un banco que parecía crecer hasta el infinito, me dispuse a apurar una improvisada merienda.
Partí el trozo de tarta de cereza… el bizcocho derramó en mi boca la esencia de los frutos rojos empapada en Kirsch. Una voluta de vaho subió y subió, empañando las gafas, dibujando un pequeño globo blanco.
Recordé el bulto que tenía mi anorak y extraje el libro del bolsillo. Lo hojeé con interés. Aunque escrito en francés pude traducir de golpe una frase: “Reventé de amor.”
Aquellas tres palabras se estrellaron como drones de reconocimiento sobre los peñascos cortados en forma de tallas imposibles. Donde la exactitud, la tradición, la frialdad y la rigidez son norma… una declaración tan temperamental hizo bullir la sangre en mis venas.
Un epitafio cerraba la contraportada: “Ecrivaine, peintre, prostituée”
(” Escritora, Pintora, Prostituta”).
Los cimientos de madera bajo los puentes helvéticos en el Zugsee(
) se derrumbaban con la afirmación tajante de una mujer tan singular.

Era un poemario llamado “À feu et à sang” (“A fuego y sangre”) de Griselidis Marcelle Real (1929, Lausana – 2005, Ginebra). Lo había comprado de viejo a mi paso por Lausanne. La autora nunca llegó a estar en Zug. Su espacio vital lo desarrolló entre París y Ginebra, pasando por Alejandría en Egipto en su niñez, o los auditorios de media Europa. Defendió sin desmayo su condición voluntaria de prostituta como oficio, dicen que el más antiguo del mundo. Lo que empezó como una necesidad vital terminó en vocación carnal en los años de revolución sexual para la mujer.
No estaba en ningún apartamento de aquel cantón, pero tras cada vidriera se escondía una caja de caudales en francos suizos, en dinero de plástico, en divisas globales transferidas a velocidades de vértigo, que no logró nunca descerrajar.
“La reina de Pâquis”(**) desentonaba a todas luces en un ambiente cargado de febril especulación, libre de impuestos y equidistante de las glorias de la nieve.
La guinda es un fruto silvestre frente a la cereza cultivada. Fue blanca y roja, sutil y salvaje, carnal y reivindicativa. Pasionalmente desgarrada, defensora, madre, perversa, dulce… mujer. Podía ser una ondina para su amante Elfo, y levantar el puño cerrado de la discrepancia, el inconformismo, la elevación de la sexualidad y del placer a un derecho a ser elegido como forma de vida. Fue esclava del amor, señora de su destino fabricado a fuerza de perseguir esquemas imposibles por su osadía.
A los 76 años se extinguió dejando una cucharada de licor en la boca de la naturaleza humana. Tres hijos frutos distintos del amor quedaron desperdigados por Europa. Ella, que tanto supo de la transgresión moral y de los besos arrebatados.
Después de releer mis notas de viaje, y al hacer referencia a este sorprendente personaje, me di cuenta que escribía torpemente un hombre sobre una mujer. No podía ser de otra manera. Y sin embargo la llama de sus tigres dieron los zarpazos justos en mi conciencia.
Retumbaba por las correas del funicular como un estribillo de herrumbre un aullido hambriento de placer. Y las estrofas caían sobre el agua formando ondas donde los amantes anfibios celebraban su particular fiesta de la cosecha.

“Je me jette à la nuit
comme on jette un cadavre
au fond d’un puits
défigurée
par tant de cris
qu’on ne me reconnaîtra plus
ma chair sera ombre
parmi les pierres
la terre une caresse
sur mon sexe ouvert
aux lèvres de la nuit”.

“Me arrojo a la noche
como se arroja un cadáver
a un pozo
desfigurada
por los gritos
ya no seré reconocida
mi carne será sombra
entre las piedras
la tierra una caricia
imensa
sobre mi sexo abierto
a los labios nocturnos.”

Fue enterrada en el hermoso cementerio Plainpalais de Ginebra al lado de la tumba del escritor Jorge Luis Borges. Cerca crecía el árbol If de Kippling… por lo menos cuando la visité.

Cerré el bolso. Deslicé mis nudillos al abrigo de los guantes, estiré las piernas y comencé el regreso al hotel. Atrás quedaba una lánguida llama de luz halógena estrellada en la bóveda negra.
Al día siguiente, cuando subía al anden en la estación de trenes, la Banhof de K. Hornberger – casualidad, un horn- para seguir en solitario mi viaje a Zurich, los puntos de luz de James Turrel formaron un desfile vertical de luciérnagas en la oscuridad para declamar el rosario de ternura en los labios de Griselidis:

” Entiérrame desnuda
como he venido al mundo
fuera del vientre
de mi madre desconocida
entiérrame de pie
sin dinero
sin ropa sin joyas
sin florituras
sin maquillaje
sin ornamentos
sin velo sin anillos sin nada
sin collares
sin pendientes
de oro fino
sin carmín
ni línea de ojos
desde mis ojos cerrados
quiero ver
cómo retrocede el mundo
las estrellas
y el sol
caer
la noche expandirse
hasta su origen
y sepultarme
en su boca
acostarme
por última vez
para extenderme
al fin solitaria
como un diamante
lleno de vida
descansar
dormir al fin
dormir dormir
sin pensar
en nada más
para siempre
morir morir
morir
para reencontrarme
al fin a mi madre
y reconocer
en tu sonrisa
la inocencia
que me ha faltado
toda la vida
te he buscado
te encontré
para poder perderte
y decirte
Al fin
Te quiero”.

José Félix Sáenz-Marrero Fernández.

(terminado de escribir el diecinueve de febrero de dos mil quince al caer la última gota de suero)

Notas:

-(*) Zugsee : Lago de Zug.

-(**) Pâquis : Nombre del barrio rojo de Ginebra.

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