DJEBEL… LAS SIETE COLINAS… ©

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La leyenda me persigue y me asalta constantemente en mis sueños. Desde hace muchos años.

Fui en busca de las ciudades de las siete colinas. Esas que todos soñamos como torres de Babel desde el mágico despertar de la civilización. Las encontré arrancando piedras con mis propias manos desde Roma a Estambul, desde Lisboa a Quito, de Madrid a Vigo… de Cáceres a Ceuta. Viajé por Bergen en Noruega a Yaoundé en Camerún, desde Valera en Venezuela a Guaranda en el Ecuador de los Andes. Por Asunción en Paraguay hasta la lejana Edimburgo la fijación por el número siete es permanente en la fundación de ciudades. Aunque Roma es por antonomasia esa urbe cumbre en las culturas, puede leerse desde Plovdiv en la recóndita Bulgaria a la cercana Toledo. Viajé a Amman en la exótica Jordania, a Vilnius capital de Lituania… hasta Bamberg en la poderosa Alemania encontré la huella de las Siete Montañas.
Se me olvidaron las lenguas y aprendí un solo lenguaje. De Cracovia en Polonia a Sucre en Bolivia, a Kaposvar en Hungría. De Cagliari a la Granada nazarí. Divulgué mis letras por Olinda en Brasil. Torné a Iasi en Rumania extendiendo mi periplo sobre Eridu en la mítica Mesopotamia.
Y todos me dirán si al final llegué a algún sitio. Petra se escondió entre montañas y surgió Atenas. Apenas quedaban vestigios de las lomas repletas de olivos. En Bruselas la tierra se hizo llana sucumbiendo a la planicie desmontada de las ondulaciones del paisaje.
Antes de regresar conocí Jerusalén. Las religiones monoteístas se encumbraron en un muro donde lamentarse por la nivelación de los terrenos.
Por fin llegué Paris y sucumbí al embriagador recuerdo de su primitiva orografía.
Me enamoré de esa palabra: Djebel. Montaña o colina en árabe que fue la derrota de los sucesores del Diluvio por alcanzar las alturas.
La torre de Babel(1563) es una pintura de Pieter Brueghel el Viejo . Me topé con ella en la portada de la revista que editó un Congreso de la U.I.A. (Unión Internacional de Arquitectos) celebrado en Madrid en 1975. Su impacto visual en mi fue tal que inicié este viaje iniciático en un periplo que me lleva por el mundo en un intento vital por entender el porqué un Dios intentó confundir al Hombre dotándole de la diversidad del lenguaje. El porqué una vez destruida esa atalaya al cielo, las Siete Colinas fueron el fundamento de una reunificación de la Humanidad en torno a una Ciudad. La Gran Ramera de la Biblia se extendió por toda la Tierra intentando las más audaces construcciones como escaleras al cielo inalcanzable.
Wislawa Szymborska, (Premio Nobel de Literatura, 1996 (Kórnic,Polonia,1923-2012))
escribía en su “En la torre de Babel”:

“…puedes estar tranquila,
me iré de esta ciudad. —Tienes unas manos tan preciosas…
“—Es una vieja historia, el filo pasó
sin lesionar el hueso. —No hay de qué,
querido, no hay de qué. —No sé,
ni quiero saber, qué hora es.”

Gaspar Benavento (Victoria, Entre Ríos, Argentina, 1902-1963) describió como se sentía en la provinciana Victoria a lomos de su ciudad.

“Esta apretada conjunción arbórea
es un lírico monte de guitarras
donde todos los pájaros del mundo
maravillosamente se desangran.

…y que nutre al dolor y a la palabra.
Busco el veneno oculto, lo ignorado,
lo indescifrable y lo que no se alcanza
y asisto al heroísmo de las luchas
entre vidas y muertes subterráneas.”

Aún no he dejado de arrancar piedras con mis manos para desvelar este sueño sin final. Sigo subiendo peldaño a peldaño, lengua a lengua, los Siete Pecados Capitales de la vida…

José Félix Sáenz-Marrero Fernández.

15/2/2017

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LA CIUDADELA… ©

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“Lo que fue un barrio marginal, al cual no entraban nunca hombres con zapatos de charol ni mujeres con enaguas almidonadas.”

Llegó a mis manos el libro “Las ciudadelas de Santa Cruz de Tenerife” de Ramón Perez González en un estudio bien documentado de estas estructuras urbanas que corrieron como reguero de pólvora por toda la geografía urbana de las ciudades en expansión durante el último tercio del Siglo XIX y principios del XX. Y como tenía a mano la calle del Señor de las Tribulaciones decidí adentrarme en ella en busca de los últimos vestigios de una vida de emigración y esperanza en los vuelos de las gaviotas. Desde aquí ya no se otea el horizonte para ver las gabarras de carbón unirse como corcheas de un acordeón imposible de olvidar.
Solitarios los cuartos, desnudas las habitaciones, desvencijados los muros sin el alma de sus habitantes, los corredores son pasto de las brochas juguetonas de artistas anónimos.
Recordé las corralas madrileñas, los portones en Las Palmas de Gran Canaria, los patios y corrales de vecinos sevillanos de origen musulmán, las hermosas ciudadelas habaneras, las otras corralas obreras de Oviedo, las “ilhas” portuguesas, en Cadiz o en Sanlúcar de Barrameda…
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Traspasando las fronteras las corralas de Milán se llamaron “casas de ringhiera”, o casas de barandilla. Aquí las puertas esconden amores desgraciados por tanta emigración y faenas agotadoras.
Siempre escribo al aire libre. Hoy lo hago bajo techos olvidados como panales melosos de leyendas nunca escritas. Recorrí el mundo desde estas mismas aceras hasta los puertos de Long Island, la isla de Ellis, La Guaira o La Habana bajo el faro del Morro, arribando a mi destino con la llave colgando del cuello… pensando siempre en la vuelta.
En Madrid dicen que nacieron estas “comunas” con Felipe II ante el aumento de población de la nueva capital. La mayoría se concentraba en los barrios de Lavapies, Embajadores y La Latina. Hay ejemplos en otras ciudades españolas, como Málaga, Sevilla, Valencia o Valladolid, diversas localidades de Castilla y de La Mancha. En Suramérica, le dan la réplica los llamados “conventillos” e inquilinatos” en Santiago de Chile o Valparaíso, Buenos Aires o Montevideo.
Pero pocos tienen ese aire de trasbordo entre la tierra y el mar. Esa nostalgia de los huertos que fueron despensa del Toscal y alimento almacenado de la Isla para los santacruceros.
Cuentan los expertos que son herencia de las ” INSULAE ROMANAS”. En la parte inferior se instalaban tiendas y talleres (tabernae). Insulae había cerca del Capitolio y en Ostia (el puerto de Roma), donde las había de dos tipos. El que situaba tiendas y talleres en la planta baja. En el entresuelo se disponían los alojamientos para los trabajadores de estos negocios y las plantas superiores se dividían en apartamentos. Otras en la planta baja, en lugar de tiendas y talleres, disponían viviendas en torno a un jardín o un patio.
Me sentí atrapado por la humildad de su distribución y la perdida de vida comunal. Parecían nidos abandonados a su suerte. Allí las sombras ocultan baúles repletos de monedas de plata dibujadas por las medianías del campo y los fondos marinos. Pasé las horas adaptando mis ojos a tantas sensaciones. Silencio… solo silencio. El amor necesita siempre un lugar apartado para esconderse de todos. Un cobijo de arco iris donde colgar la llave.

José Félix Sáenz-Marrero Fernández

5/4/2016 (Sin ir muy lejos…)

MANDARINAS DE POSTRE… ©

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El “caldo de gallinácea” olía a hierbabuena, a hortelana, a guiso de especias empapadas en grasa, salpicada de tropezones, que al revolverse con el cucharón se llevaba los malos augurios del año que acababa y dejaban un aroma espeso por toda la casa. Sus manos vencidas por la edad eran maestras en servir los cuencos adornados de campanillas brillantes y escanciar cantidades exactas para todos los comensales. 
Durante años fue el pavo relleno de ciruelas y castañas el plato fuerte de la noche. Con el tiempo se volvió capón o como decían los niños “pollito del corral” aderezado de piñones, pasas y trocitos de manzana reineta. Alguna vez el cabrito formó parte de la mesa como un tributo a la manera canaria de prepararlo. En los últimos tiempos el besugo hizo los honores con sus ojos burlones y desorbitados. Invariablemente el turrón de yema tostada sin costra aparecía, en una bandeja aparte, para el momento de charla y risas contenidas de emoción. 
Silenciosa degustaba un minúsculo vaso con vino de la tierra para aclararse la garganta. 
Las generaciones fueron sucediéndose como anfitrionas y los rostros se fueron haciendo más maduros. Abuelos, padres e hijos se fueron sucediendo sin que nos diéramos cuenta. Las luces de la ciudad y los árboles de los campos se fueron haciendo tenues lienzos de fondo ante una mesa cena con una puntualidad exagerada. Los humanos nos volvemos nostálgicos por estas fechas. Ningún tiempo pasado fue mejor. La vida es ese enorme puchero al fuego rebosante de esperanza en bruto. 
Lo que nunca variaba eran las mandarinas de postre. Gajo a gajo el olor intenso  de azahar derramaba dulzura. Sus esferas brillantes fueron las pompas de un jabón que limpia estómagos agradecidos y devuelven el jugo de vida a la garganta. Los regalos esperados no se envuelven en cajitas con lazos rojos, ni se guardan en un saco del mismo color, ni se depositan en una cesta a pie del árbol de Navidad. Junto al belén solo existen melodías nuevas, dulces inventados cada mañana, licores que nunca envejecen, panderetas agitadas al cielo. 
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Seguro que por eso el postre es siempre naturalidad que no empalaga. Naranjas de la china son siempre un sí, nunca un no, a las navidades que se celebrarán por nuevos seres que han de venir. El Por-venir se cuela en los ojos tiñéndolos de tranquilidad. Dejad en paz los recuerdos… y levantaros al final de la noche para apretar las manos de los que llegan. Aún queda una última mandarina que saborear con alguien. 

José Félix Sáenz-Marrero Fernández. 

24/12/2015 (ante una nueva oportunidad…)

RELATO… ©

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Ella no era una mujer que iniciara una conversación gratuitamente. Su delicadeza le impedía tomar esa decisión y sin embargo dejaba caer los hombros con entrega disimulada en la cara. Su espalda se cruzaba con los transeúntes mientras sabía que tenía clavados miles de ojos en la nuca. Revolvía su pelo un aura invisible, coraza de otros tiempos, perfecto disimulo de una barbilla siempre alerta. Ponía todo su empeño en aquel desentendimiento consciente. Ni siquiera la brisa que acompañaba sus labios movía una hoja de carmín en zapatos de tacón como diamantes. Su collar de perlas fluctuaba entre un escote ancho y el cuello de una copa de Acuarium con hielo. Cruzadas sus piernas mientras ignoraba el mundo alrededor asemejándose a una escultura griega. Ni siquiera pestañeaba agudizando su fino olfato con los gladiolos que crecían en las jardineras de la terraza. Mezclaban su aroma con los vivos colores de mil geranios.
Distante y distraída soñaba sin cerrar los ojos, y soñaba en verde, en azul… en cuerpos caleidoscópicos desteñidos de agobios. Los veía cruzar despacio entre oleajes de asfalto, tan azabache como la noche veraniega que amenazaba una lluvia de estrellas sobre los toldos de franjas blancas y negras.
Adormecía una cuna en la ribera de su falda buscando un hueco para la felicidad.
Cuando sonó su teléfono móvil dentro del bolso ya había decidido de antemano la contestación que había pensado largo tiempo atrás. Su mano rebuscó entre mil objetos secretos guardados, revueltos en su memoria, y apretó la tecla precisa. Sin esperar un saludo lejano y cálido, mirando sin ver, ciega y sorda a los silbidos de un tren que cruzaba el horizonte sinuoso detrás de las montañas, dejó arrastrar una sola palabra con pasión contenida:
-” Ven… ”
Resonó un relámpago donde nunca hubo truenos. Y se abrieron las ventanas del sol en la media noche de la ciudad. Los focos de un crepúsculo cubrieron de neones la sonrisa abierta que se dibujaba en los cristales del pendiente.
Un rocío artificial resbaló sobre los muslos barnizados de crema con sabor a parchita.
Era una mujer de soledades inciertas. Soledades compartidas con las sombras de caserones cuajados de escudos en forma de trébol, de corazón, de formas sensuales desgastados por las inclemencias del tiempo.
Cada esquina tenía una historia y cada historia un renovado impulso de nuevas leyendas urbanas.
Densos nubarrones huyeron en el fondo de los globos blancos de sus ojos. Aquella brisa despejó su mirada y abonando con un billete perfectamente doblado en forma de pajarita infantil, se levantó como una garza en vuelo y desapareció entre la multitud. La ciudad del Norte abrazó las palomas dormidas en los antepechos. La danza de las flores muertas empezó a destilar copos de sangre derramada.
Una luz especial dejó los trasluces de las ventanas abiertas. Ella se dejó atrapar por la magia del encuentro.

RENACIMIENTO… DOS AÑOS. ©

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“Éste es Rafael. Mientras vivió, la Madre de las cosas temió ser
vencida por él, y cuando murió, temió morir con él” (Pietro Bembo)

Es difícil… muy difícil expresarlo. Y más si parece que fue ayer. Sin embargo el proceso fue duro… muy duro. Era como volver a empezar. Era un espectacular y prometedor Renacimiento. Cuando hace exactamente dos años sonó el teléfono a las siete y media de la mañana, poco podía suponer que tres horas más tarde, completamente desnudo y acostado en la cama de la habitación 201, módulo de trasplantes del Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda, una cara llena de satisfacción me iba a sonreír y oiría una frase, que aún hoy me sobrecoge: “¡Estos sí!… estos pulmones sí son para ti…”.
Era el segundo intento en un mes.
Recordar es aprender también. Y en dos años creo que he crecido.
Escogí para hoy esta imagen “La Escuela de Atenas” de Rafael Sanzio de Urbino, pintor y arquitecto, fallecido a los 37 años, dueño y señor de la perspectiva, dominador de la luz, que se alza en el mismo Vaticano. Su padre era poeta y él, asimismo, un trabajador de las artes íntegro y esforzado.
¡Qué poca vida para tanta creatividad!
En su mundo, en su espacio, en su tiempo la triada ( Miguel Ángel Buonarroti, Leonardo da Vinci, y él mismo), culminación de una época, una manera de vivir y entender la vida, dejó la huella imborrable del arte como provecho del alma. Aferrarse, asirse al goce de los sentidos, es lo que hace subsistir al hombre de la pena, la enfermedad, la barbarie y el olvido.
No fueron solo los pulmones, como órganos sangrientos de mi siempre recordado donante. No fue únicamente la cirugía, los desvelos, los cuidados y el esfuerzo de profesionales, familiares, amigos y compañeros de lucha. Fue la delgada línea trazada con el lápiz de la generosidad en un pecho lleno de costuras la que separa un antes y un después. Donde había paisajes inertes hubo aquel día campos de girasoles bajo un sol ardiente que tardaría aun mucho tiempo en contemplar. La barca marinera del Carmen empujó el aire después en la boca ciega del túnel.
Recordar es aprender. Y aprender requiere una obligación. Enseñar lo aprendido. Divulgar los frutos de esa hiperconsciencia creada en el interior. Y convertir la experiencia en una paleta de colores con un cromatismo brutal, con empuje, con coraje.
No importan los rechazos, no importan las caídas, no importa ningún hueso roto ni un músculo perdido. Ni siquiera importa domar el temblor de unas manos que a veces se te van por las olas de todos los días.
Ahí esta esa escuela, esos filósofos transfigurados en competidores del pintor. Esa arquitectura sencilla que abraza los mantos. Ahí esta esa Grecia alegórica y real, esa visión eterna de una cultura que se recreó siglos después gracias a la sensibilidad, al amor a todas las artes… al renacer de sus cenizas transportadas por un huracán renovador. Solamente la inquietud, la búsqueda de la perfección, la constancia, y un espíritu creador como el de Rafael pudo representar y reunir tanta sabiduría, tanta grandeza y tanta profundidad.
¡Si hubiese vivido un poco más!…
Este dieciséis de Julio es para mí un día especial. Un punto de nueva partida. Comenzar otro año dando las gracias y volver a soñar. Volver a abrir los ojos y sentir… sentir con intensidad…

En vez de OXI, no, yo quisiera gritar siempre NE, SÍ… a la vida.

José Félix Saenz-Marrero Fernández.

16/7/2015 (estas líneas van dedicadas a los que aman existir)
Felicidades a todas las Cármenes… especialmente va por ti, madre.