LOS MADRAZO… ©

“Los objetos son los amigos que ni el tiempo, ni la belleza, ni la fidelidad consiguen alterar.”
(Françoise Sagan)

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Tenía que volver. No solamente para contemplar aquel bellísimo retrato.
La propuesta era descifrar los misterios que nos evocan los objetos inanimados, incrustados cual piezas de rompecabezas imposibles, oír el susurro de las joyas y los pañuelos debidamente ocultos en la solapa de los caballeros, desentrañar la disposición de libros abiertos por alguna página concreta en una hermosa biblioteca, desvelar los ropajes que atraviesan las épocas pretéritas en modas ya fenecidas. Escuchar lo que el aire atrapado en las distancias cortas me susurra en las sombras sabiamente proyectadas desde lo más profundo del lienzo. Y dialogar, desde el epicentro de esa atmósfera, que es lo que quedó flotando en el ambiente como una burbuja intacta. Ámbar inacabado derramándose en un álbum y desprendido de un lazo rosa en los cabellos de pálidas damas.
Quizás haya pocas familias que tengan una tradición tan marcada dentro de la plástica española. Durante tres generaciones y en un periodo que abarca más de un siglo, dominaron la escena de los rostros burgueses, las caras aristocráticas, los bustos de las familias poderosas y los ambientes culturales más refinados.

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Fueron los Strauss de la pintura decimonónica con el patriarca Don José de Madrazo y Agudo al frente, al que siguieron sus hijos Federico de Madrazo y Kuntz, Pedro de Madrazo y Kuntz, y Luis de Madrazo y Kuntz. A los hijos de Federico, Raimundo de Madrazo y Garreta y Ricardo de Madrazo y Garreta hay que añadir en su entorno a Mariano Fortuny y Madrazo, hijo de Mariano Fortuny y Cecilia de Madrazo, hija a su vez de Federico. Aún nos faltaba Federico Carlos de Madrazo y Ochoa, hijo de Raimundo y retratista como su bisabuelo y descendientes.
De todos ellos Raimundo fue el que inició una conversación conmigo nada más llegar a la sala. Aportó los toques de un impresionismo incipiente a sus retratos con un dominio absoluto del oficio a la vez que un dibujo claro y contundente. Su modelo, musa y amante por muchos años, Aline Masson, era una joven bellísima de la que supo sacar partido en todos los retratos. La Academia cerraba el telón de la pintura de estudio para salir al aire fresco de la calle. Centenares de posturas de las modelos retratadas, y decenas de objetos dispuestos como claves de un camino, sirvieron de conjuro para mostrar el refinamiento francés del pintor y desplegar la luz, conformando así un abanico de varillas pintadas con la armonía oriental.
Confundir los tres cometidos anteriores y concentrarlos en una mujer no le distrajo de trabajar incansablemente en bocetos de técnica inigualable. La carta que sostiene, con unas pinceladas armoniosas, destaca el lacre que sella esos secretos de ensoñación risueña. El ramo de flores estalla voluptuoso para hablarnos del mensaje sin necesidad del remite. El lienzo a veces se convierte en un preciso y precioso tablero de ajedrez donde jugamos al escondite como espectadores y asistimos a momentos inolvidables que quedaron encerrados en las cápsulas del tiempo.
Un espléndido secreter donde el diálogo no existe. Sólo habla el carmín de los labios, el sonrojo de unas mejillas encendidas y el azul pálido… el blanco de las blusas.
No está, pero podría estar, el rostro de Aline cuando hojea un álbum repleto de retratos ovalados con una iconografía llena de simbolismo. Pero no es en el Prado. La luminosidad y la composición ya apuntan las prevanguardias futuras.
Desde Ingres al mismo Fortuny, el romanticismo se fue agotando y haciéndose plenamente realista, retratista de una época, curioso mostrador de modas, engarce de pendientes pulcramente colgados de lóbulos femeninos con la coquetería de un siglo que hizo de ella su protagonista.
Lástima que Fortuny padre tampoco esté colgado en esta exposición con su maravilloso desnudo donde el mar se convierte en objeto.

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Aquella carta, las mismas fotografías, este mar… todo conduce a una atmósfera de pasión apenas contenida brillando en los ojos de Aline, o en las pupilas de este espectador que quisiera desgarrar el lacre, conocer la autoría de la misiva, romper la envoltura del ramo de flores, amasar esa inmensidad de espuma entre sus manos y repetir con Martin Heidegger: “Los objetos hablan…”

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José Félix Sáenz-Marrero Fernández

22/10/2015 (en la Fundación La Caixa… perdido… )

Imágenes:
-Raimundo de Madrazo y Garreta-“Felicitación de cumpleaños”.
-Raimundo de Madrazo y Garreta-“Fond Memories”
-Mariano Fortuny i Marsal- “Desnudo en la playa de Portici” (1874).
-“Los objetos hablan” Exposición de colecciones del Museo del Prado.

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LAS IMPRESIONES DE FELIPE…©

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Acompañarle, arroparle, escucharle y leer detenidamente cada explosión de color fue parte de mi terapia.
Felipe trabaja, sonríe, trabaja, deleita con sus atelerianos sobrevolando los hermosos huecos del TEA, exactamente igual que cuando compartíamos pensión en Las Palmas de Gran Canaria. Pensión o piso, eso da igual. Me desdigo. No es el mismo. Nunca ha sido ese pintor, arquitecto, escultor, grabador ni artista plástico altivo y agrio que se le presupone a quien sólo vive para tres amores: sus creaciones, su familia y sus amigos.
Es tan solidario en su pintura que los horizontes de la espátula nunca alcanzarán sus dedos. Me vuelvo a desdecir. Felipe Hodgson Ravina es más pintor que nunca. Ha elaborado con paciencia su método a base de docencia, de estudio, donde puede verse reflejado en todo lo que le rodea. De sorprenderse cada día y mirar a los ojos de los que nunca terminan de aprender.
Se ha convertido a la materia, a la densidad, al formato exacto que su formación de dibujante de creador de espacios. La pigmentación asombra. Su pintura obliga a cerrar los ojos y retener los abigarrados cúmulos de sensaciones placenteras.
Se adivinan sus etapas anteriores, el exacto y eficaz descuido de mareas emocionales que nos hacen olvidarnos del color gris de nuestras ciudades.
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Felipe es un humilde artesano de la teoría que se desenvuelve ente lienzos, caballetes, tubos apretados con mimo y aromas de reinterpretaciones sin final. Es un maestro.
Cuando lo abrazas sabes que lo estas haciendo fuerte porque sus poros pueden reventar de pigmentos antes de desembocar en una sonrisa.
Enhorabuena compañero.
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José Félix Sáenz- Marrero Fernández.

Fotografías y texto del autor. Cartel de la exposición.

13/12/2014

todavía con el calor del TEA…

UN PINTOR EN EL HOTEL SAVOY DE NUEVA YORK: SOROLLA…©

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Por fin Sorolla. He esperado meses. Y al entrar en la sala las barcas de Javea me saludan. Partí en una de ellas con el velamen desplegado hacía a América. Me recibieron los vigilantes del Museo Fundacion MAPFRE y pasé directamente de la sala repleta por los Marcos dorados con destino a Nueva York. El emblemático hotel Savoy abrió sus puertas y acompañé a don Joaquín hasta su mirador.
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El pintor que nunca se encontraba a gusto con los retratos desenvolvió los lienzos donde transitaban los rostros de una sociedad neoyorquina ávida de grandezas y derroche de caudales. Su mecenas fortuna Ryan y el introductor Hungtington me trasladaron a aquel 1911 lleno de vitalidad financiera. Habían pasado dos años años desde que los paseos del gran hombre deslumbraron tierras lejanas. image
Dicen que su poética del silencio y la muestra de su intimidad introvertida cargada de simbolismo, trazó con sus pinceladas todo el sol Mediterráneo a las grises calles de la urbe que dominaba el mundo. La nieve en Central Park le invitaba a prodigar sus gouches con manchas de colores empastados, donde reflejaba los carruajes y el movimiento incesante de las avenidas.
Los ojos de los viandantes no daban crédito a tantos jardines del Alcazar de Sevilla, de los patios de la Alhambra… el ciprés de la Sultana dominaba sobre los estos escuálidos de los parterres ciudadanos.
La esquina del hotel allá abajo asombraba por las muchedumbres grises y presurosas de gentes cuajadas de memorias limitadas.
Me detuve en una única y pequeña sala circular. Y entonces los vi tan pequeños y tan rápidos como gotas de carbón entre el oleaje de los óleos.
Dibujos a lápiz. Bosquejos a carboncillo con esas pinceladas de conté que contaban historias anónimas de smoking y pajaritas, abrigos y collares, páselas y tazas de café humeantes. Todo sobre el soporte sencillo del papel de estraza usado en la lavandería de un hotel lleno de vida. image
Cualquier superficie plana de cartón es un lienzo para un artista. Los menús se quedaron años enteros como testigos de la mirada inquieta que me desveló sobre sus hombros a un valenciano universal.
Sorolla es un artista plástico para ver de lejos y en la distancia. Sus paletadas y sus brochazos, en pocas estocadas superpuestas, traslucen un cromatismo inusitado, un desgarro en instantes de concentración y una premonición de todo el arte posterior a él. Se anuncia una independencia fructífera de corrientes pictóricas preñada de presagios.
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Desfilaron Vicente Blasco Ibáñez, Raimundo de Madrazo, y tantos otros sin haber pisado su querida Hispánico Society of América. La familia le espero, con sus hijas al frente para ayudarle a comercializar su cuantiosa obra. Pasear con 356 cuadros en sus exposiciones allende el océano le reportó 195 obras vendidas.
Quizás Colón, en sus estudios preparatorios, le despidiera en el transatlántico que le devolvió a España.
La menina le saludó desde otra ventana del hotel.
Veintiséis años después de su muerte acaecida en 1923 en Cercedilla, a espaldas de la Sierra madrileña, mi madre me paseaba por ese trozo de ladera, en un cochecito, para tomar los aires llenos de agua nevada que hoy mismo respiro.
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José Félix Sáenz-Marrero Fernández

jfsaenzmarrero.wordpress.com

23/11/2014

PINTURA VICTORIANA… ALMA-TADEMA ©

“Belleza es la verdad,verdad es lo bello.
Otro saber no tienes ni precisas.”
(J. Keats “Oda a una griega”. 1819)

Patio interior del Museo Reina Sofia

Patio interior del Museo Reina Sofia

La época victoriana fue larga. En las artes plásticas se reflejó todo el puritanismo y la rigidez de esta etapa en la historia del Reino Unido de Inglaterra. Momentos de revolución industrial. La pintura de la sociedad se mostraba entusiasmada entre prerafaelistas y simbolistas, con un sentido estético por primera vez de “arte por el arte”.
En definitiva… “Un sueño de mujeres hermosas…”, según Alfred Tennyson.
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Los tabúes y el corsé de la vida victoriana no son tópicos. Fueron la constante durante años hasta que poco a poco se fuero destruyendo gracias a un progreso económico constante. La creencia en una sociedad más avanzada y con mejores medios de vida hizo que la estética de la hermosura humana se liberase. Y la cultura de Roma y Grecia era el paradigma del hedonismo.
Sir Lawrence Alma-Tadema (1836-1912) fue un pintor neerlandés neoclasicista de la época victoriana, formado en Bélgica y establecido en Inglaterra desde 1870.
Simeon Solomon (1840 -1905), fue un pintor judío, prerrafaelista inglés, homosexual, despreciado, y obligado a aflorar toda su heterodoxia personal y artística en un mundo estrechamente ligado a los comportamientos estereotipados. Las grietas solo las percibieron los hombres y las pocas mujeres que se declararon artistas integrales.
La colección de Pérez Simón es amplía en su recorrido y variada en sus preferencias. Así se disponen pintores tan emblemáticos como Emma Sandys, Simón Solomon, William Clarke Wontner, Strudwick, Arthur Hugues, Pointer, Henry Arthur Payne o John W. Waterhouse. Impresionante la “Venus Verticordia” de Rosetti, casi un canon de belleza dibujada con una maestría inigualable.
No podía dejar de asomarse Frederic Leighton, que con su “Crenaia, la ninfa del río Dargle”, se asoma a las aguas quietas de la mitología griega.
“Las rosas de Heliogábalo” de Alma-Tadema, punto central de un recorrido por los viajes a la cultura grecorromana lo inundan todo. Elagabalus, de la Historia Romana Augusta Vol. II, pasaje 21/5 le sirvió de inspiración.
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Desprenden la delicadeza y el refinamiento del clasicismo. Se atraen y se separan. Descubren su perfil y desvelan sus formas. La sensualidad y el placer de anunciar un futuro cargado de optimismo. Todo duraría hasta una Primera Guerra Mundial que rompió ese nexo estético entre la Roma Imperial, la Grecia de su Siglo de Oro y la Inglaterra de la Reina Victoria. image
Un idilio fructífero, y hasta hace poco oscurecido por las corrientes vanguardistas posteriores.
Desde el patio central del museo Reina Sofía, respiraba delicadeza y una inmensa ternura, entre los dibujos y óleos de mujeres vestidas con túnicas transparentes. Fue quizás el momento de descender en los ascensores acristalados cuando pude atrapar el aire dulce de está exposición.
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José Félix Sáenz-Marrero Fernández.

17 de Septiembre de 2014.

Fotografías de la Exposición de igual nombre. Museo Reina Sofía.