ELECCIÓN DE UN CHARCO… ©

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A veces pienso que ningún charco de agua salada es importante para este mar enorme. Ninguno se parece al resto de hendiduras de las rocas. Sus verdes son tan diferentes que sólo se aprecian si los miramos muy detenidamente. Las formas son siempre caprichosas. Nunca están conformes con esas oleadas que llegan desde otros lugares para bañarlas de olvido. Forman parte de una erosión salvaje y armoniosa en largos periodos de tiempo, y se renuevan a base de agua y sal, mordiendo los cristales del granito, de la lava, de las masas informes de conglomerados volcánicos, aflorando los deseos incontenibles de una humedad inmensa que se coagula en forma de salpicaduras.
Viendo las bochas, unas junto a otras, en el mar de arena parecen planetas chocando con ese golpe metálico que explota entre las olas cercanas en trayectorias dispares. Son como vidas imperceptibles acercándose de golpe y haciendo resonar ondulaciones en las huellas anónimas.
A veces me detengo a lamer las burbujas que quedan adheridas a los bordes de esas bocas informes como si quisiera atraparlas en la piel y estallarlas entre los surcos de los labios.
Elegir uno solo de esos pozos de sal, dentro de mi soledad, en el movimiento incesante de las mareas, me seduce mucho más que coger una papeleta de una mesa a la vista del público, y depositarla en una urna funeraria de plastico para que se la lleve la resaca de un único día.
Sólo a veces…
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José Félix Sáenz-Marrero Fernández

25/5/2015

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